Sembrando maíz.

Ya que se pusieron de moda las analogías que no aplican, vamos aquí con una.

Ahí tiene que tienen a dos amigos, pero que realmente no son amigos, sólo cuando uno de los dos se acuerda. El primer amigo, por llamarle de una forma, le diremos Fifi, al segundo Rufino. Su relación, me es lícito decirlo era un poco rara.

El primer amigo, después de años de sequía en su parcela por fin pudo convenir una buena cantidad de elotes, elotes que había estado soñando hace tiempo. Durante esos años de no haber absolutamente nada, porque la falta de agua, por los fríos que queman las cosechas, incluso por los robos descarados a la tierra y otros ultrajes, el amigo Rufino estuvo ahí, procurando que Fifi no desanimara para nada, haciéndole ver que la vida no sólo es cosechar maíz, sino también tiene la asombrosa cualidad de hacernos sufrir para un bien en concreto. No solo eso, también hacer labor de consejero, de amigo; cuando los dos ahí convenían he dicho ya.


Cuando Fifi por fin tuvo en sus manos esos elotes, grandes y jugosos, fue a visitar a Rufino, con una sonrisa esbozada que no podía soportar; Rufino, atónito, lo único le pudo decir unas cuantas palabras, sabía que no podía decir más. El tiempo paso, una, dos o quizá tres semanas, Fifi cambió por completo, Fifi se mostraba petulante y grosero; sobra decir siempre que estaba en su gran parcela, esa que ahora debía cuidar con más ahínco que antes. Fifi demostró un comportamiento anómalo por lapsos, cada vez más disonantes unos a otros, teniendo como única respuesta esquivas y falsos enojos, cómo si de dos personas se tratase.

Un día, Rufino y Fifi, dejaron de frecuentarse, dejaron de simpatizar y comenzaron a tomar caminos diferentes, mientras uno de ellos fue envilecido por la recolecta de más y mejores mazorcas, el segundo se dedico a cultivar sorgo y cebada, pero jamás maíz. 





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