La vida sin memoria parece dulce.

La vida sin memoria parece dulce es el título del documental más extraño que haya mirado antes. Convergen dos películas caseras en sujetas a coincidencias que Kammerer puso tanto empeño en desenmarañar durante años. El ADN tiene un papel fundamental, al menos en los tópicos metafísicos (válido solo para esta descripción y este documental): la sangre llama a su misma sangre.

Las proyecciones originales son de los años treinta en la ciudad de Zacatecas, sin embargo, el armado en una sola pieza y montado con un mono-lente corre a cargo de Iván Ávila (joven director mexicano).


Dos personas totalmente distintas, y vidas igualmente disimiles, parecen atarse en un solo punto, la afición por la grabación de experiencias caseras con cámaras portátiles. Posteriormente, las coincidencias siguen sumándose  ahora con la estancia en un mismo lugar en el mismo día y la misma hora, grabando igualmente esas experiencias. El tercer y último punto es que son hermanos, pero nunca lo supieron. El punto crucial del documental es cuando los dos sujetos se hayan uno frente al otro, con la cámara en las manos, pero ninguno la traía encendida. Ambos se saludaron y pensaron en la misma imagen: su padre con una cámara portátil. El momento donde la historia pudo tener un hilar y no una simple zurcida, se cae por otro azar del destino. Nunca se enteraron que fueron hermanos. 

Les recomiendo verla si pueden, aunque no es precisamente el documental más extático que puedan imaginarse. Como punto adicional, es cine mudo, sin embargo, una banda sonora puede ambientarla (así la miré) y lo convierte en toda una experiencia.



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