Esta noche no es de versos ni melancolías.




El reloj me dice que es tarde; mientras tanto, mis dedos solo saben una cosa, quieren escribir toda la noche, a costa que los ojos, molestos por falta de sueño, los señalen y acusen con severa mirada. Ansiosos son los dedos, indisciplinados en este nuevo teclado, que confunde un poco sus huellas y sus antiguos teclazos. La noche me seduce, no pretende ser abandonada, de a poco, emana su esencia que inspira a las más lerdas y parcas mentes. Quiero escribir la novela que le faltó a Cortázar y que Bolaño se aproximó, sacarla de la chistera y de los libros que me rodean, pero eso sí, sin que el plagio acuda a mi ayuda o me aconseje venenosamente. 

Esta noche no es de versos ni melancolías, es de párrafos y anécdotas que vierten las almas en el papel de ajenos. Bajo esta luna, testigo de incontables atracos a la razón, condeno a las intenciones, heréticas letras, a refugiarse bajo el caótico cobijo de la locura.

Si han de ser olvidadas, que ardan en la otredad.


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