Muerte Crónica

El espectro de Geronimo vino y se sentó a mi lado, apoyando sus manos entre las piernas, calentándolas de un frío que se había adelantado a llegar. Me miró con ojos de súplica, implorando porque mitigara el sufrimiento que le acobardaba. Reconocí en su mirada todos los sentimientos que alguna vez desfilaron por esos ojos esmirriados, no obstante, faltaba la emoción más elemental.

Intenté entablar una conversación sencilla, sin incitar a la reflexión, sin embargo, se negó esgrimiendo un silencio sepulcral imposible de franquear. De vez en cuando se palpaba las rodillas, bajaba los ojos asegurándose que ambas piernas siguieran ahí, inmóviles de todo impulso. Acto seguido, se levantaba y deambulaba entre los muebles, sorteándolos como si navegara en aguas que el mapa de su memoria reconociera. De sus labios pendía un cigarro interminable que inhalaba con fruición sin dejar escapar volutas. Los fantasmas no necesitan dejar escapar de sus pulmones el humo de la nicotina. Quizá la falta de temor en sus ojos sea porque le ha perdido el temor a la muerte, o dicho de otra manera, la padece en cada momento, porque los muertos y los fantasmas, no poseen el lujo de los días.  

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