Tragos carmesí.

La noche se compone de motores yendo y viniendo, la vigilia se conforma de música y ruido, y entre ambas, un momento en la vida se consume para extinguirse casi enseguida. Los parroquianos apenas se pueden oír entre murmullos que parecieran propios de la decoración, risas y gritos anuncian que es una buena noche. Ya el estado etílico se asoma en sus rostros. No sospecho que una voz, apenas perceptible, procede de una mujer que conocí por gracia de un amigo. Hoy la vuelvo a conocer, y otra vez, gracias a él. La improvisada invitación al bar me ha permitido deleitar las retinas con esos labios pletóricos de elixir carmesí, efigies de la sensualidad femenina.

En medio de la penumbra, nos reconocimos, aunque debo decir que primero lo hice yo. Para ella, fue el acertijo de su mente y el tiempo: ¿Dónde lo he visto antes?, para mi fue: Se parece a...

Siento como el alcohol se diluye en mi sangre, o dicho cinicamente, como la sangre se diluye en el alcohol. Todo parte desde la perspectiva.

Me uno a los bebedores que nos acompañan anónimamente, brindo en pro de la amistad y de los momentos bohemios, la piel se me duerme y las sonrisas aparecen en mi rostro, empujadas por un sentimiento melifluo de felicidad. El encuentro ha causado un efecto inesperado.

Abro los ojos, el encargado me mira con indiferente amabilidad, me pregunta incoherencias, aunque parece no notarlo. Recobro poco a poco el sentido de realidad, está por amanecer, y la oficina me espera.

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