La bicicleta de mi padre

Aún no amanece, son apenas las cuatro de la mañana y la avenida está abandonada, no hay una sola alma que la transite. A lo lejos, por breves momentos, se asoman los faros de vehículos que se siguen de largo. Mientras conduzco, tengo la manía de nunca apagar la radio, me aterra la sensación de estar en un lugar sin el calor de una voz humana. La misma canción se ha reproducido por lo menos en diez ocasiones, eso quiere decir que: si una canción dura cuatro minutos, he estado en el volante, por lo menos, cuarenta. Ya casi llego a mi hogar. Salgo de la avenido por la izquierda para incorporarme a una calle, me acerco sin reparar en los espejos laterales. Giro a la derecha, y justo en ese momento, un impacto sacude mi coche. Fierros golpeándose entre si, produciendo sonido hueco. El volante vibra apenas perceptiblemente, mis sentidos se agudizan en automático.

No entiendo que pasa, una coladera sin protección o un bache, de todas maneras me bajo a cerciorarme que todo está bien. Al apearme del vehículo volteo a ambos lados, una costumbre que heredé de mi afición por la novela negra. El criminal siempre está al acecho, esperando cualquier debilidad visual para golpearte lo más fuerte que pueda. Avanzo por el frente acariciando el cofre y enfocando mis ojos al suelo, estoy seguro, sin saber por qué, que los problemas viales siempre vienen del suelo. A un costado del automóvil, en el pavimento, yace una masa tubos perfectamente pintados de blanco y ensamblados. Hay un par de ruedas también que giran con distinta velocidad. Al fin lo comprendo, es una bicicleta que se ha impactado contra el costado de mi coche. Un rayo recorre mi espina dorsal, miro hacia las ventanas de los departamentos; las ventanas impasibles, sin iluminar, con las cortinas corridas, me devuelven la tranquilidad y el aplomo que estoy seguro requerir. A un costado de la bicicleta, un hombre boca abajo. No tengo la menor idea si aún respira. Su traje es ridículo, vivos en colores chillones y lentejuelas, me figuro en una película del Santo que nunca existió (eso ahora lo sé). Miro al cielo pidiendo un consejo, es un buen momento para que Dios haga su aparición y me plante la semilla de la fe. 

¡Chinga tu madre, quien quiera que seas, ahora me acabas de chingar la noche!. --Pienso mientras resoplo y busco mi reloj. Llevo ahí 5 minutos, es tiempo que me ponga en marcha si no quiero declarar ante burócratas indolentes que poco les importa, menos que un pepino, si me voy a prisión o me fugo o me matan. La instrucción sobre crímenes que previamente advertí, me aconseja a llevarme la bicicleta. Después veré que hacer con ella, así el móvil de los hechos se tornará irreconocible, las autoridades no sabrán qué buscar ni qué, y como no son nada pacientes, salvaguardaré mi futuro. La voz de mi padre irrumpe, me habla por mi nombre, señalándome los valores y todo eso que un día se preocupó porque yo entendiera; pero que nunca lo hice, me fue difícil, por no decir imposible, entender por qué debía llevar a cuestas un comportamiento y un accionar que de poco me serviría en esta vida. ¿Qué haría mi padre? intentaría auxiliar al hombre tendido, exiguo de vitalidad, aún sin que fuera su culpa (¿Cómo saber que yo la tuve?). Lo importante era el ser humano, no el tiempo y el cansancio que conlleva una situación como esas. La posibilidad de que ese mismo hombre, o su familia de gandules, intentara sacar provecho, como todos los de esa clase, me irritaba de sobremanera. Unos buenos para nada que esperan en la inmundicia, reptando por sus hacinadas habitaciones, a que los demás prosperen para que en un santiamén, arrebaten lo que quieran. Yo no me dejaría robar de esa manera, quizá el hombre se dedicaba a eso, como un profesional, embaucando a la gente decente con esos teatritos y otros más. Para mi gusto, muy mal montado.

Tomé la bicicleta y la introduje al maletero. Inexplicablemente estaba intacta, el golpe apenas le había maltratado la pintura, pero la estructura conservaba la fortaleza de la hechura. En el breve trayecto hacia mi departamento, me di cuenta que podía conseguir quién hiciera el trabajo de desaparecerla sin involucrarme. En la unidad donde vivo, los vecinos del 202, se dedicaban a las artes de llevarse lo ajeno con poca discreción. No cuidaban de salvaguardar el lugar donde viven, otra de las lecciones del triller que aprendí recostado en el sofá. Si la ecuación era correcta, el dejar la bicicleta sin enganchar en el patio, lejos de las cámaras de vigilancia (que nunca servían), haría que la tomaran y la vendieran por unos cuantos pesos; dinero que después utilizarían en drogas. Mataba dos pájaros de un sólo tiro: me deshacía de la evidencia y envenenaba, aunque sea un poco, a esos desgraciados.

Caí como tronco en la cama, no supe más de mí por unas horas. El ring-ring del teléfono logró despertarme. Por acto mecánico respondí con la voz todavía amorronada. Del otro lado del auricular, mi madre hablaba algo que yo entendía lentamente, el tono de la voz delataba su alteración por saber a mi padre golpeado por unos rufianes que le habían robado su bicicleta recién comprada, de la que no paró de hablar durante semanas como analgésico a su jubilación. Voy enseguida, mamá --fue lo único que pude decirle.


Comentarios

  1. Buen relato que nos hace pensar sobre nuestros prejuicios.

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    1. Lo escribí pensando en eso. En los sótanos que albergamos cada uno, manifiestos en cada acción.

      Gracias.

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