La vida sin memoria parece dulce es el título del documental más extraño que haya mirado antes. Convergen dos películas caseras en sujetas a coincidencias que Kammerer puso tanto empeño en desenmarañar durante años. El ADN tiene un papel fundamental, al menos en los tópicos metafísicos (válido solo para esta descripción y este documental): la sangre llama a su misma sangre. Las proyecciones originales son de los años treinta en la ciudad de Zacatecas, sin embargo, el armado en una sola pieza y montado con un mono-lente corre a cargo de Iván Ávila (joven director mexicano). Dos personas totalmente distintas, y vidas igualmente disimiles, parecen atarse en un solo punto, la afición por la grabación de experiencias caseras con cámaras portátiles. Posteriormente, las coincidencias siguen sumándose ahora con la estancia en un mismo lugar en el mismo día y la misma hora, grabando igualmente esas experiencias. El tercer y último punto es que son herma...
Un lugar para disfrutar de las incongruencias de las ideas