Los sistemas de gratificación inmediata están en todos lados. A decir verdad, cargamos con ellos e incluso invertimos buena parte de nuestro salario en adquirir esos anunciantes omnipresentes. Claro, le llamamos tecnología y movilidad. ¿Cuánto gastas en aplicaciones de música o delivery que prometen arribar en los siguientes 15 minutos? Ya no compramos solo un artículo, sino el tiempo (breve) que esté tarda en llegar a nuestras manos. Y luego el siguiente.
Como decía, la gratificación está transformando nuestra percepción del tiempo, disminuyendo nuestra tolerancia para la espera, y por ende, reconfigurando el vínculo de fracaso-tiempo. ¿Cuántas veces no nos hemos irritado por las horas o minutos que tarda el repartidor en llegar mientras lo miramos en la app?
El aburrimiento tiene una connotación negativa, o sea indeseable; no soportamos levantar los ojos y mirar al mundo tal y cómo es. Preferible esa descarga de dopaminas que me produce encontrar un video que aparente ser ocasional con personas que han ensayado el (pobre) diálogo apenas 5 minutos antes.
Llamo a la insurrección a todos esos pavlovianos que han llegado a este páramo.
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